
Ya viene Navidad y me sigue ilusionando.
Nací en una familia católica, aunque no practicante. Crecí sabiendo que lo que se celebraba en Navidad era el nacimiento del Niño Dios, aunque en mi casa siempre le pedimos regalos a Santa Claus (y mis hijos aún lo hacen). De niña fui a muchas posadas, rompí piñatas, vi el arrullo del niño, cené pavo, romeritos y ensalada nochebuena, y para terminar el eclecticismo de la celebración, ayudé a mi papá a apagar sus velas de cumpleaños después de la cena.
La realidad es que no heredé el sentido espiritual de la Navidad. Y hoy, en mis cuarentas, cuando con los años he ido encontrando mi propio camino espiritual --distinto al de mi origen--, y lo comparto con mis hijos, celebrar la Navidad sigue siendo importante.
A ellos trato de recordarles lo que se celebra; les explico que no es un simple motivo para dar y recibir regalos, aunque también me gusta mucho el pretexto para practicar la generosidad con propios y extraños. Les inculco el respeto por la Navidad como práctica espiritual cristiana, al igual que lo hago cuando tengo oportunidad de compartirles el Losar de los budistas, o el Hanuka de los judíos.
El asunto es que a mi me sigue ilusionando. Y lo hace cada aspecto. Me parece maravilloso que se siga festejando, después de cientos de años, el nacimiento de un ser de luz como lo fue Jesús; me parece increíble que en esta fecha hasta en las guerras hayan hecho treguas; me parece muy afortunado que la Navidad toque tal cantidad de corazones, que les haga reflexionar sobre el amor, la bondad, el perdón. Me parece una oportunidad inigualable que sea motivo de reuniones familiares que de otra forma no sucederían, y me parece conmovedora la ilusión que causa en todos los niños.
No me explico por qué hay a quien le molesta la navidad, y considero que es una lástima, porque es una celebración hermosa por muchos lados. En esta casa, sin duda, ¡ya llegó el espíritu navideño!
¡Felicidades anticipadas!