Hasta el día de hoy, a mi nunca me ha apenado decir mi edad... tal vez se deba a que, por lo general, me dicen que me veo más jóven. Pero nunca digas nunca es una sabia expresión. En los años recientes me han pasado cosas que pensé que nunca me pasarían, así que mejor no afirmo que nunca me pesará la pregunta ¿cuántos años tienes?
Ahora bien, mi llegada a los alrededores del barrio de los 40, en contra de mis expectativas, fue algo caótica. Mi vida dio giros inesperados, las certezas de siempre (otra palabra peligrosa) desaparecieron o, mínimo, se tambalearon; y justo cuando pensaba que estaba por atrapar la escurridiza cualidad de la madurez, me encontré sintiéndome como una adolescente: deprimida, sin una dirección concreta en mi vida personal, dando bandazos en mis aspiraciones profesionales, y ¡embarazada de sorpresa!
El anecdotario sería interminable y en esta entrada no lo voy a incluir. Baste decir que algunas veces pensaba que iba a enloquecer, y algunas otras esa posibilidad se me antojaba una buena alternativa para escapar del torbellino emocional que me invadió. Pero no enloquecí -al menos no más de lo que siempre he estado-, sólo me quedé atascada mucho más tiempo del razonable en mis encrucijadas personales, hasta aprender una lección importantísima: humildad.
Recientemente me reconocí llena de errores, soberbia y con un vergonzoso miedo a la soledad. Me asumí mucho más vulnerable de lo que pensaba y decía, y con una enorme necesidad de reconstruirme mucho más íntegra y congruente de lo que había sido hasta entonces. Esa fue la parte buena... un reto gigantesco que sigo teniendo frente a mi.
Pero en todo ese proceso vi algo que me dejó muy inquieta. Al parecer, ésta crisis mía no era algo aislado, sino más bien algo bastante común y corriente entre la gente "del barrio". A mi alrededor, amigas y amigos sorteaban sus propias tormentas tratando de mantener a flote lo que hasta ese momento daban por sentado, como yo.
¿Qué estaba sucediendo?, me preguntaba una y otra vez. ¿De esto se trata la vida?, ¿será que con el tiempo las cosas se van poniendo cada vez más difíciles, el panorama más feo? Me niego a creerlo. Y esta es la explicación que encontré para mi misma:
Hay épocas más emocionantes que otras en la vida, y tiene lógica. La juventud temprana, por ejemplo, es intensa y llena de expectativas. Pasan muchas cosas a la vez, uno tiene ante sí variedad de decisiones por tomar, muchas de ellas determinantes para el futuro: ¿vas a ir a la universidad?, ¿qué vas a estudiar?, ¿te quedas en casa de tus papás o te independizas?, ¿trabajas y estudias o sólo una de las dos? ¿Será éste el hombre de mi vida o me la tomo con calma? ¿Maestría o matrimonio?, ¿Habrá otros trenes más adelante o me estaré quedando para vestir santos? ¿Hijos o trabajo?
Y un buen día ya estás en el futuro. Con la vida construida según las respuestas que le diste a cada uno de esos cuestionamientos y de muchos más. ¡Hace ya quince años que salí de la universidad! Mi matrimonio va a la mitad de su segunda década, tengo una hija mayor y un hijo menor, mi carrera profesional -¿cuál carrera?- ya tiene un rumbo definido y, como dice un amigo, a esta alturas ya sé que no voy a ser Presidente de la República... Las decisiones pendientes se han vuelto menos apremiantes.
Éste es más un tiempo de espera, de incubar los procesos de aquello que fui decidiendo los últimos viente años de mi vida, de tener paciencia para que llegue -o no- el éxito defiitivo, la prosperidad soñada, la estabilidad matrimonial, la adolescencia de los niños, la anhelada madurez. El ritmo de la vida es más pausado... y tal vez sea eso lo que descontrola, ¡después de tantas carreras! Es tiempo de poner en práctica la sabiduría ancestral y aprender a encontrarle el gozo a la cotidianidad, a la rutina, a la vida diaria, al presente. ¡Menudo reto!

