lunes 21 de noviembre de 2011

Pasión conciente

Imágen tomada de internet*

Cuánta pasión encierra este barrio. Es en éste justamente, donde yo he visto más de eso que en ningún otro lado. Bueno, corrijo. También la hay entre los adolescentes, pero suele ser una pasión poco sostenida, y aún sin herramientas para que se vuelva una fuerza propulsora de realización o cambio.

No dejan de asombrarme la gran cantidad de aprendizajes y herramientas que, cuando llegamos a este barrio, ya traemos cargando. Claro queseguimos tropezando, equivocándonos, enamorándonos con mal tino y cometiendotodo tipo de errores. Pero me parece que, en los 40, a diferencia de en otrasetapas de la vida, nos damos cuenta.

Y ¿qué quiero decir con darnos cuenta? Quiero decir quetenemos más conciencia de nuestros actos, pensamientos y hábitos. Nos damoscuenta incluso cuando estamos a punto de cometer el error. A veces tomamos ladecisión interna de seguir adelante, “dándonos cuenta” del riesgo implícito. Nos damos cuenta y elegimos volver a confiar, tener esperanza, pensar que ésta vez puede ser distinto, o hasta en casos extremos, pagar las consecuencias.Pero nos damos cuenta. Y creo que por eso mismo, cuando nos caemos, cuando las consecuencias de nuestros errores se presentan, cuando nos rompen el corazón o cuando nos logramos lo que nos habíamos propuesto, tenemos una mejor capacidadde levantarnos y continuar intentando, con menos victimismo, con menos autoconmiseración, con más elegancia y autoresponsabilidad.

Date cuenta de que te das cuenta. Porque lo haces… después de cuatro décadas sería iluso pensar que no has aprendido nada. Date cuenta. Es una revelación de lo más liberadora.

*No encontré la fuente original de esta ilustración sacada de internet. Si eres el autor y no estás de acuerdo en que sea aquí publicada, por favor contáctame y la quito de inmediato.

martes 10 de mayo de 2011

Ser mi propia madre

Ilustración obtenida en internet, no encontré autor. Si alguien lo
conoce por favor hágamelo saber para darle el crédito correspondiente.

Para Lucía Ortega,
por su sabio acompañamiento
en este parto

Ser madre o no serlo. Parece que el día de hoy las mujeres nos dividimos entre quienes somos madres y quienes no lo son. Pero yo aquí aprovecho el espacio para felicitarnos a todas. Tengamos hijos o no cada una de nosotras tiene el potencial y la maravillosa oportunidad de parirnos, de convertirnos realmente en madres de nosotras mismas.

Ser nuestra propia madre es quizás el mejor regalo que nos podemos hacer, y sin duda, el mejor que podemos hacerle a quienes amamos -sean nuestros hijos, padres, compañeros de vida o amigos. Ser nuestra propia madre nos convierte en la mejor versión de nosotras mismas, una que no "necesita" ser amada, cuidada, protegida, validada y reconfortada para sentirse plena. Ella se ama, se cuida, se protege, se valida y se reconforta. Y desde ahí se comparte con los demás por el gusto de hacerlo.

Por todo esto te deseo paz interior; armonía entre lo que piensas, sientes, dices y haces; amor incondicional hacia tí misma; contentamiento y gratitud con tu realidad y claridad de mente en cada momento. Parafraseando a Rosa Nissán en su Hijo que te nazca, te deseo: Madre que te paras.

¡Feliz día de las madres a todas!

martes 8 de marzo de 2011

De desnudez e imperfecciones: Feliz día Internacional de la Mujer

Desnudo de Isabel Haro, en Intergalería

En este barrio he descubierto la desnudez desde otra perspectiva. Aquí, estar desnuda no es exponerme al escrutinio, a la mirada calificadora del otro, a la luz de la búsqueda de mis imperfecciones o pecados. No. En este barrio estar desnuda es ser yo libre, yo auténtica, yo con la historia que me ha conformado, yo orgullosa de quien soy, asumiendo mi belleza más profunda, comprendiendo que mis imperfecciones me hacen única, aceptándome no resignada sino satisfecha con la forma en que me habito a mi misma, desde mi capacidad de gozo y alegría, desde mi ser fuente de luz, de vida, desde mi capacidad de amarme y de amar al otro.

Qué distinta es esta desnudez de aquella tímida que me vestía en otros tiempos. Lo paradójico, es que aquella se apegaba más a lo que el mundo esperaba de una mujer "hermosa" y, no obstante, yo la sentía más lejana. Pensaba entonces que la mirada del otro determinaría su belleza, sin darme cuenta que mi juiciosa mirada era la única que me distorsionaba.

Hoy, además, he aprendido que la desnudez va más allá del cuerpo. Que su belleza la determina su calidad transparente, nítida, verdadera. La auténtica desnudez está en mi interior, en mi mirada presente, en mi sonrisa genuina, en mi gusto de ser yo misma, de ser la mujer que soy y que decido dar a los que amo.

Te invito hoy a desnudarte en todos los sentidos: frente a quien amas y, sobretodo, frente al espejo de tus propios ojos.

¡Feliz día internacional de la mujer!

Aquí, un pequeño regalo, de mi blog De piel y de suspiros.

Quiero dormir desnuda

Quiero dormir desnuda

desnuda de todos mis miedos

y de las soledades de mi historia...

Léelo completo aquí.

martes 1 de febrero de 2011

¿Too young to die?, ¿Too old to rock & roll?


Colaborador invitado: Edmundo Rostán,

Diseñador, melómano y soñador

No sé si los cuarenta sean la peor o la mejor edad, quizá podré saberlo cuando llegue a los 50 o a los 60 o qué se yo. La vida nos sorprende a cada momento.

A la mitad de los treinta, una enfermedad terminal me sorprendió y me puso seriamente a pensar que quizá no llegaría a este barrio. Pero todo quedó atrás.

Veo a los cuarenta como cuando avientas algo hacia arriba: al principio vas subiendo con mucha energía, sientes un vértigo terrible sin saber cuándo llegarás o a dónde. Lo cierto es que no te detienes, y quieres llegar lo antes posible. ¿A dónde? Quién sabe. Experimentas una serie de sentimientos encontrados: arrebato, adrenalina, angustia, miedo, excitación, deseo, frustración, apegos pérdidas, etc., etc., etc... Y quizá los cuarenta sea este estado de reposo cuando paras de subir: y quizá este espacio entre los treinta y los cincuenta sea el momento de reposo antes de cumplir una ley fundamental, todo lo que sube tiene que bajar.

Lo comparo con aquel momento en el que llegabas al punto más alto en el columpio, te detenías un poco y ese momento parecía congelarse en el tiempo. Podías ver hacia arriba, sentirte diminuto, ver hacia abajo y sentirte por un momento encima del mundo que te rodeaba; disfrutabas del paisaje a tu alrederor pero, más allá de todo esto, te invadía una sensación de libertad y equilibrio perfectos.

Siempre he sido un soñador, de niño estaba seguro de que si construías un columpio lo suficientemente grande, podías tomar un buen impulso y saltar del columpio en el punto más alto, y sin duda alcanzarías la luna. Hasta el día de hoy mi pensamiento no ha cambiado: sigo construyendo ese columpio en el que un día me podré columpiar hasta llegar a la luna. Si no, lo dejaré terminado para que otro soñador lo haga.

Dicen que soy un soñador pero no soy el único. John Lennon, quien murió unos meses después de cumplir los 40.


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