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martes, 2 de junio de 2009

Amor, el de a deveras

Amor

Kanji tomado de Gallery of Japanese Calligraphy

Amor-Libertad
Plenitud-Soledad
Certidumbre-Impermanencia Felicidad-Soltar

¡Qué pares de palabras tan más paradójicos y ciertos! ¡Qué trabajo me ha costado, en esta vida (y supongo que en todas las anteriores, de lo contrario ya lo habría comprendido) asimilar la relación entre unas y otras! ¿Cómo pueden haber pasado casi cuarenta años desde que empecé a vivir, y yo seguir tratando de comprender estas verdades! Las dicen una y otra vez los sabios, los iluminados, los maduros y mi papás (hoy, Ella me lo sigue diciendo con su risa alegrísima, casi compasiva, en las frases tan suyas que se me aparecen constantemente en el pensamiento: nacimos solos, nada es para siempre, la felicidad está adentro). Esta mañana, me lo dijo Osho en su libro Aprender a amar: enamorarse conscientemente y relacionarse sin miedos.

Nada nuevo, ya saben. Lo hemos leído infinidad de veces. Es más, ¡hasta lo hemos dicho con gran sapiencia cuando aconsejamos a algún amigo afligido por las tribulaciones del amor! Pero, ¡caray! ¿será que algún día se nos de de forma natural... así, de a deveras, eso de amar en libertad, gozosamente? Ay... yo espero que sí... porque parece tan bonito. Cuando sea grande, yo quiero amar así... y ¿saben qué? ¡Ya quiero ser grande!

Aquí les comparto un extracto:
La capacidad de estar solo es la capacidad de amar. Puede que te parezca paradójico, pero no lo es. Es una verdad existencial; sólo aquellas personas que son capaces de estar solas son capaces de amar, de compartir, de llegar a lo más profundo de la otra persona; sin poseer a la otra persona, sin depender de ella, sin reducirla a una cosa, y sin volverse adictos a ella. Permiten que la otra persona tenga total libertad porque saben que si se marcha, ellos seguirán siendo tan felices como son ahora. La otra persona no puede arrebatarles su felicidad, porque no es quien se la dio.
Entonces, ¿por qué quieren estar juntos? Ya no se trata de una necesidad; se trata de un lujo... Las personas auténticas se aman porque es un lujo... Disfrutan compartiendo; tienen mucha alegría, les gustaría derramarla en alguien más. Y saben cómo interpretar su vida como solistas.
El solista de flauta sabe cómo disfrutar a solas de su flauta. Y si por casualidad se encuentra con un tablista, con un solista de tabla, disfrutarán tocando juntos y creando una armonía entre la flauta y la tabla. Ambos disfrutarán: ambos derramarán su riqueza en la otra persona.
Osho


Fuente: Osho, Aprender a amar, Grijalbo, México: 2009, p. 209


Centro de Meditación Osho, India
Blog con enseñanzas de Osho



domingo, 10 de mayo de 2009

Diez de mayo conmigo



Diez de mayo de mis 39. Por primera vez, sola. Sola de madre, porque así es la vida. Sola de hijos, por elección. Soy mamá a diario, también hoy. Los amo diario, también hoy. Pero hoy es domingo, y están con su papá. Y está bien. Vendrán en un rato, para abrazarnos, para rerinos, para que me den y reciba una sorpresa. Me alegra enormemente. Y también me alegra esta soledad de este domingo en particular. Es una fecha fija, que puede ser un referente propio del tiempo que transcurre, del tiempo del diez de mayo de mis 38 al día de hoy. Un recorrido de vida intenso y contundente, un tramo de meses irrepetible -como todos-, con disyuntivas que han marcado indiscutiblemente mis pasos en el futuro cercano. Y tengo ganas de verme, de mirarme con calma, de sentirme, de recordar, de estar estando, de ser siendo, este día. Me siento en paz y sonrío desde adentro sin estruendo.

Me acompaña Mozart, con sus serentas y divertimentos; me envuelve el cuerpo sólo el aroma del sándalo flotando en mi casa; me vigoriza un café con leche clavel, mi favorito. Y me espera un día para mi, un gran regalo.

Feliz día de las madres a todas las mamás que conozco, que amo, o que me acompañan leyendo estas palabras. Y, como dice un sabio refrán, de regalo para hoy: Deja un trozo de ti para ti.
 

lunes, 23 de marzo de 2009

Cambiar de paisaje o de ojos



Dice el mensaje personalizado de mi amiga-jefa Gaby, "El verdadero viaje de descubrimiento no consiste en cambiar de paisaje, sino en mirar con nuevos ojos". De la película La hija del Caníbal. Y no puedo evitar pensar... ¿cómo será la soledad vista desde ojos nuevos en vez de trasladada a otros paisajes pero vista con los mismos ojos?

¿Cómo sería mirar la soledad con ojos nuevos? Sería mirarla distinto. Dejar de percibirla con los prejuicios que tengo asociada a ella. A saber:

Mis prejuicios sobre la soledad

soledad es igual a:
Tristeza
Angustia
Miedo
Fracaso
Parálisis
Indefensión
Horfandad

Y si me quitara de los ojos esos prejuicios, ¿qué quedaría de la soledad? Si ya no es triste, podría ser alegre y luminosa, podría ser plena. Si no implicara angustia, podría implicar paz, paz interior, libertad, fluidez. Si no me inspirara miedo podría inspirarme amor, por mi misma, y por quienes me rodean, y valor para enfrentarla. Si no fuera fracaso, podría ser éxito. El éxito de ser yo misma, sin dobleces ni apariencias, sin dudas sobre quién soy. Si no fuera parálisis sería provolución, sería movimiento, sería energía, sería otra vez fluidez. Si no fuera indefensión sería valentía, sería fortaleza, sería decisión. Si no fuera horfandad senía automaternaje, sería madurez, sería completud.

Qué bonita se ve esa soledad: alegre, luminosa, plena, pacifica, liberadora, fluída, exitosa, sin dudas ni apariencias, energética, cinética, valiente, fuerte, decidida, madura, y de completud interna, de integridad.

Yo podría pensar que eso más bien suena a compañía... y pensándolo bien, eso es también la soledad: la propia compañía. Qué diferente se oye "estoy sola", a "estoy a solas, conmigo".

¡No quiero nunca estar sola, quiero siempre estar a solas conmigo!

Nunca yo

Solo, el bosque,

con su quietud de enramadas

donde jamás se oye el golpe

del tronco viejo que cae en la hojarasca

si no estoy.


Solo, el mar,

con sus ríos subterráneos

que no emiten el estruendo


de la ola que se rompe en mar abierto

si no estoy


Solo, el espacio,

con su millardo de soles

donde no hay colisiones

que ensordezcan los abismos estelares

si no estoy.


Solo, mi paso,

con su infinito camino de cardumen

donde ningún eco suena

en las íntimas paredes de mi cueva

si no estoy.


Solo, mi cuerpo,

que sustenta mi existencia donde ninguna caricia

deja huella indeleble en mi conciencia

si no estoy.


Solo, el bosque, el mar,

el espacio, mi paso y mi cuerpo 

Nunca yo, porque aquí estoy.

lunes, 9 de febrero de 2009

Monjes sin dios

Imagen tomada de internet, de: raquelange.spaces.live.com

Monjes sin dios

(Billy Childish)

caminamos solos

por tanto pensamos
solos
egoístas
y
aterrados
sólo nos aferramos
unos a otros
por miedo y
desesperación

no conociendo nuestras
propias mentes
desesperadamente buscamos
a otros
suspirando por
la aprobación
discutimos por
placer

gastamos nuestro tiempo
como monedas
hasta que llegamos a descansar
en ese hundido valle


¿Pesimismo? ¿Realismo? ¿Sabiduría? ¿Qué opinas tú?

lunes, 20 de octubre de 2008

Es desierto



Algunos bosques son desiertos que despliegan estepas sin ecos. Se sienten tan largos, tan inacabables. Volteas hacia el cielo y se ve también inmenso; las nubes muy altas, lejanas. El viento limpiando el paisaje te deja asomarte, guiñándote un ojo, hasta el horizonte que persiguen tus pasos. Y te ves ahí, en medio de la nada. A solas. Sabiendo que es tuyo el camino que sigues, que tú lo elegiste, que quieres andarlo. Pero los segundos te juegan la treta de alargar su paso cual silbato de carbón al alba, delgado, larguísimo; cual lamento herido.

Tras la larga espera que no quiebra nunca ese silencio interno, anochece al fin. El cielo te obsequia un piélago de estrellas, te arrulla, te abraza, te regala el sueño. Te inunda la paz que no cuenta el tiempo: podría ser un descanso eterno o sólo minutos. No lo sabes, no te importa. Flotas relajada en el pozo infinito de la no conciencia. Descansas. 

Hasta que la tibia caricia del día le devuelve el ritmo a tu pecho dormido. Cielo azul que anuncia un mejor intento. 

martes, 23 de septiembre de 2008

Estoy sintiendo la vida

Hoy tenía una cita con el pasado. Pero mi interlocutor, no llegó. Fue una lástima, porque tenía muchas ganas de ver en quién se había convertido ese aguerrido exgrafitero y buscador de mecenas, para esos artistas urbanos sin lienzo legítimo, al que conocí hace unos diez años. Tal vez ha cambiado tanto que no lo reconocí. Tal vez yo soy tan distinta que él tampoco me reconoció. Habremos de inventar un nuevo encuentro, pero el desencuentro de hoy fue una coyuntura inesperada que dio lugar a otro encuentro exquisito. Un encuentro con el presente, que me debía desde hace muchos años: una cita contigo.

Comenzó cuando me vi ahí, sola en la sala de té de Casa Lamm. Un lugar acogedor, con sillones rojos que invitan a acomodarse a leer. Pero no traía un libro. Así que, con la compañía de un perfumado té negro, saqué mi libretita y me puse a sentir... esta vez no estaba escribiendo, sino sintiendo con la pluma. Las palabras salían del cuerpo, como un impulso sereno, sin prisa y sin pausa:

"Hoy, el sol acaricia mi piel y sé que estoy viva por derecho propio, por convicción. Hoy, me rindo a esta vida, al placer de existir como soy. Hoy, me estremece el placer de vivir, de sentir en mi ser el cúmulo de tiempos y de historias que me han dado forma; de saberme con más claridad; de sentirme segura en mi piel; de expresar con mi voz verdadera cantos y palabras; de dejarme volar y gozar de mi vuelo de una. Mientras tanto, pasa indiscreto este aire que alborota mi risa, y que trae sutilmente tu presencia a mi vida."

En ese instante te sentí. Ahí estabas, haciéndole cosquillas a mi calma, invitándome a salir de ese cómodo y templado rinconcito, y pasear contigo por la exposición fotográfica de la India que nos esperaba, prometedora.

Y caminamos, escalera abajo hasta la entrada a ese mundo robado con la ayuda de un lente creativo. Imágenes cercanas en sentimientos, en espacios visitados, en miradas con intención familiar, en vuelos intensos de aves asiáticas; en silencios largos de ojos antiguos. Macacos, palomas, camellos; niños, madres, hombres, viejos, jóvenes, sonrientes y serios. Me dijeron tanto esas caras, esos paisajes lejanos, esa niña equilibrista, ese viejo apasible en medio del gran desierto.

Tarun Chopra me robó el alma con la foto de una mujer india en medio del mercado de camellos. Su sari escarlata ilumina el paisaje desértico, mientras carga con enorme elegancia a su pequeño, como de un año, quien entre tímido y asustado, toma leche del pecho al aire de su madre, y mira a la cámara con sus ojos enormes como noche obscura. (Si quieres verla, haz click aquí y busca la foto número 45/51). Cuando la vi ahí parada, frente a ese camello que tal vez vendía, que quizás fuera su único patrimonio, tan dueña de sí, con esa mirada fuerte y defensiva, tan bien parada en sí misma, se me inundaron los ojos. Vi su fuerza como un resplandor que salía de su centro, vi su pecho lleno para alimentar a su hijo, la vi protegiendo al bebé y tal vez también a una mujer más jóven a su espalda, más lozana, quizás más hermosa, más coqueta ante la cámara y, naturalmente, más temerosa. Y no más temerosa de la cámara, sino de la vida.

Te vi en ella. Reconocí en ese gesto de expresión tan dura tu fuerza; las marcas dejadas por la sal que han vertido tus ojos, y también por la aridez que han dejado tantos años de búsqueda incansable. Lloré por la belleza que podía ver en ello, por la que no vi porque no podía verla, cuando me encontraba cara a cara con esas mismas mujeres con diferentes rostros en ese viaje a India. Lloré porque supe que estabas ahí, en esa cara, y también en la otra. En la más jovencita, en la más inocente, en aquella que aún guarda ilusión en la mirada, añoranza que impulsa a tomar nuevos riesgos, un rostro al que no surcan todavía dolorosos cristales de desesperanza.

Y entonces lo supe a ciencia cierta. No eras una intuición, no eras un espejismo. Te sentí, compañera, te sentí en ese instante. En la completa soledad de esas paredes tapizadas de fotos, supe que estabas tú, habitándome hasta desbordarme; haciéndome temblar el alma; llenándome de ti, huidiza compañera. Estábamos a solas. Y por nada del mundo habría querido a nadie más a mi lado. Solas tú y yo, por fin. Tú conmigo. Yo, con mi propia compañía.






lunes, 22 de septiembre de 2008

Millones y millones

¡Cómo son de subjetivas la soledad y la compañía! Entre millones y millones de personas, sólo dos se eligen entre sí y hacen pareja. Se acompañan uno al otro, nada más, entre todos esos millones, y no se sienten solos. Pero cuando sus caminos parten en sentidos diferentes, y vuelven allá afuera, a ese mar de millones y millones como ellos, entonces, otra vez, en esa imensidad humana, se sienten solos.

 

viernes, 5 de septiembre de 2008

Tristeza alegre

"Tras la insipidez de nuestra amnesia colectiva, 

se oculta un abigarrado paisaje de mujeres extraordinarias, 

algunas admirables, otras infames. Todas ellas  tienen en

común  una traición, una huída, una conquista:  traicionaron

 las expectativas que la sociedad depositaba en ellas,  huyeron

 de sus limitados destinos femeninos, conquistaron la 

libertad personal."(1) 

¿Has sentido algunavez una tristeza alegre? Este que yo tengo hoy, es un sentimiento raro. De esos que confunden y que aclaran, que parecen una pausa y que, en realidad son un arranque, un inicio, una transición.

Tengo ya algunos meses con una intensa actividad interna, una búsqueda parecida a las expediciones desafiantes de Indiana Jones buscando tesoros que intuye, pero que no tiene forma de saber a ciencia cierta si en verdad existen. En mi caso  no es un arca perdida lo que persigue mi espíritu siempre inquieto. En realidad se trata de una búsqueda mucho menos original, pero de un tesoro más valioso y brillante: mi voz genuina, mi esencia, mi yo perdido en la vorágine del miedo, mi yo sabio empañado por la inseguridad, mi yo valeroso, auténtico, íntegro, congruente.

En estos días he sentido que mis pasos se acercan decididamente a la cruz marcada en el mapa, ya maltrecho de tanto darle vueltas buscando el norte. Mala estrategia, lo sé. El norte no se busca en el mapa, sino en la brújula. Pero es que como no tenía clara mi dirección, confundía al mapa con la brújula, y al norte con mi dirección. Un poco complejo de explicar.

Lo bueno es que mi panorama va aclarándose... y con ello, curiosamente, el día se me puso un poco gris. Y es que darte cuenta de que lo que ha sido tuyo por mucho tiempo, lo que te ha permitido navegar por las aguas de toda una vida ya no sirve más, es doloroso. Por mucho daño que te haga, siempre cuesta despedirse de lo familiar, incluídos los hábitos arraigados, las creencias limitantes, las dependencias de todo tipo, los miedos y todas las costumbres, hasta las más dañinas. Y hoy, tengo conciencia de que estoy despidiéndome de mucho al mismo tiempo.

La parte alegre de esta tristeza, es que no es una tristeza autodestructiva, sino todo lo contrario. Genera dentro de mi una energía creativa, renovadora, valiente y llena de esperanza. Tal vez esta vez, si haya encontrado el tesoro perdido. Tal vez esta vez si esté lista para la plenitud.

Hoy tengo una tristeza abrumadora, y una alegría discreta. Creo que terminó la búsqueda; creo que me encontré de frente y por sorpresa conmigo misma, creo que me gustó lo que vi: una mujer de 39, aprendiendo por fin a caminar sin sus muletas, dolorosamente como suele suceder cuando las articulaciones están aún oxidadas. Una mujer que está desplegando sus alas entumidas por el tiempo que pasaron encerradas en su zona de comfort; está descubriendo apenas qué extensión tienen, y hasta dónde la pueden llevar. Tiene todavía restos de miedo metidos entre las plumas y enredados en su cabello, pero conforme las abre y las extiende, se los va sacudiendo junto con el polvo acumulado con los años.

Me enfrento a un nuevo abismo, el de asumir la sabia frase que dice que la vida es individual. Nadie puede caminarla por mi. Y no puedo caminarla acompañada. Los encuentros con otros transeúntes que coinciden en el tiempo y el espacio, son fortuitos. A veces los caminos son paralelos por largo tiempo; otras se cruzan apenas un instante para no volver a encontrarse; pero en todos los casos, cada uno tiene su propio camino, aunque la bruma que llena la mente con miedos y confusión nos haga ver espejismos. Mi abismo, el de mi soledad, está ahí enfrente. Esta vez me llama con la fuerza de un imán. Esta vez saltaré con menos miedo. Ya no me importa si se abre o no el paracaídas... esta vez, llevo mis propias alas.

(1) Rosa Montero, Historias de mujeres, Ed. Alfaguara, Madrid: 2002, p. 28.

miércoles, 18 de junio de 2008

De nuevo la soledad


Como ven es un tema que me inquieta... y vuelvo a él. Aquí les comparto un texto que escribí inicialmente para presentar como parte de un anteproyecto de investigación de maestría. Finalmente, ya no lo incluí en la propuesta -porque no tenía las características necesarias para presentarse como un proyecto de investigación-. Pero lo vuelvo a leer y le encuentro mucho sentido.  De manera que aquí lo publico, esperando que genere una reflexión constructiva -especialmente entre las mujeres que le tememos a la soledad, pero ¿por qué no? También entre los hombres que tengan la curiosidad de leerlo. (Y que conste que lo escribo en primera persona del plural... o sea, me incluyo).

La soledad, condición inherente al ser humano, tiene mala fama. Se le ha confundido con la desolación y hemos perdido de vista su valor. La soledad se ve como fracaso, como castigo y se vive con vergüenza.[1] En el caso de las mujeres esto es mucho más evidente. Los hombres son educados para ser líderes, jefes de familia, exitosos proveedores, independientes. Ese camino los enfrenta muchas veces a ese estadío –el de la soledad-, que muchos de ellos aprenden a conquistar –y quienes no, se ven obligados a aparentarlo-. Mientras que a las mujeres nos educan temiéndole a la soledad; peor aún, a la soledad de hombre, que es lo que significa en el imaginario femenino esta palabra. Para muchas mujeres, la soledad  es carencia del respaldo, el amor y la aprobación de un hombre en su vida.

 

Todo nos indica que esa es la realidad: los cuentos de hadas que escuchamos desde niñas nos enseñan que las mujeres buenas terminan “ganádose” al príncipe, quien las desposa para vivir felices para siempre; las novelas de amor de nuestra juventud, ya sean las de revista femenina o las de autores clásicos, nos presentan heroínas cuyo único acto heroico “se encuentra en su amor o su entrega a un hombre”[2]; las omnipresentes telenovelas muestran un panorama aún más desalentador porque enfatizan el caracter sufrido de las buenas mujeres: suelen ser ingénuas –o francamente tontas-, capaces de perdonarlo todo y sin una pizca de amor propio, en nombre del amor por el otro; y hasta en las películas más contemporáneas, las heroínas modernas, valientes y autónomas se quiebran cuando son abandonadas por sus hombres, y sólo conciben un final feliz si la historia termina en boda.[3]

 

La soledad es inevitable: no estamos solas, somos solas. Cuando nacemos y durante casi todo el primer año de vida, no logramos diferenciarnos de nuestra madre; pero tan pronto descubrimos que no somos lo mismo, y tras vivir la angustia de la separación, luchamos por conquistar nuestra independencia. Aprendemos a gatear y a caminar para alejarnos, por nuestra cuenta, a explorar el mundo. ¿Qué nos sucede en el camino que, de pronto, no podemos asumirnos como seres individuales e independientes?

 

La educación formal y la que mamamos del entorno –el sistema patriarcal en que vivimos, en última instancia-- construyen mujeres dependientes. Sea que se trate de una dependencia evidente y palpable, o de una dependencia de facto determinada por la cultura patriarcal en qe vivimos, las mujeres existimos en función de los hombres. Crecemos convencidas de que necesitamos el respaldo del padre, del esposo, del hijo, para ser.

 

¿Qué arquetipos femeninos necesitamos para conquistar nuestra verdadera autonomía emocional?, ¿cómo aprender y, sobre todo, enseñar a nuestras hijas a apreciar por sobre todas las cosas la compañía propia?, ¿cómo construir esos nuevos arquetipos y encontrar a una heroína como aquellas de las que habla Paulina Rivero, que tanta falta hace en cada una de nosotras? (En su libro “Se busca heroína” Paulina Rivero nos hace reflexionar sobre cómo la gran mayoría de las heroínas en la literatura lo son sólo porque aman con locura a un hombre, al grado de sacrificar su vida –ya sea literalmente, como cuando se suicidan por él, o figurativamente, cuando toda su vida gira en torno a él, por encima de su propio bienestar o crecimiento).

 

¿Quién es esa heroína? Desde mi punto de vista cualquiera de nosotras puede aspirar a ser una heroína ejemplar, que inspire a sus otras cercanas –sus hermanas, amigas, vecinas, copañeras de trabajo, o mujeres que la miren desde lejos- a vivir vidas más autónomas, más llenas de sentido por el mero hecho de existir, más seguras de tomar decisiones buenas para su vida, incluso si éstas implican quedarnos “solas”; “solas de hombre”, pero también solas de insatisfacción, de opresión, de violencia. Acompañadas por nosotras mismas, por nuestra autonomía, nuestro orgullo de salir adelante por nuestra cuenta, nuestra seguridad, nuestra dignidad, nuestro amor propio.

 

Solas como una conquista de nuestro ser más sabio y poderoso, solas y llenas de integridad en el sentido amplio de la palabra (seres íntegros, completos). Listas para tomar decisiones que nos acerquen cada vez más a nuestra propia definición de felicidad. Ese estado en el que somos auténticas, en el que somos lo que siempre hemos querido, con la libertad para elegir el tipo de compañía que queremos para la vida, sea ésta una relación de pareja o no, siempre con una constante irrevocable: nuestra propia compañía.

 

Solas como en el “yo sola” de la niña que fuimos cuando soltarnos de la mano de alguien para caminar tambaleantes era un reto que nos emocionaba, “solas” de tal manera, que terminemos por sentir la soledad como un derecho a conquistar, y no como una maldición de la que hay que huir.

 

Y esto es especialmente importante porque las mujeres somos sólo una parte de la humanidad. El todo está conformado por ellas y ellos. La labor de conquistar la soledad, no como un estado civil o social, sino parafraseando a Ma. Antonieta Barragán Lomelí, como una actitud –positiva, por cierto-, nos permite abrir un horizonte nuevo de mejor convivencia humana. Porque como dice también Barragán: “cada situación o elección de soledad en la mujer tiene como contraparte la otra soledad: la del hombre.” [4]



[1] Falk Florence, Yo sola, Grupo Editorial Norma, Bogotá: 2008, p. 28

[2] Rivero Weber, Paulina. Se busca heroína: reflexiones sobre la heroicidad femenina, Editorial Itaca, D.F.: 2007, p. 69

[3] Pienso en la protagonista de Sex and the City. ¿Podríamos imaginarnos mujeres más liberadas y autónomas que las cuatro neoyorquinas con aires de feminista que nos muestra esta película? Y sin embargo, para todas ellas, la soledad –la soledad de un hombre- es una maldición de la que hay que escapar.

 [4] Barragán Lomelí, Ma. Antonieta. Soltería: elección o circunstancia. Grupo Editorial Norma. Ciudad de México: 2003, p. xviii.

miércoles, 7 de mayo de 2008

Nuestra soledad


Dice Marcela Serrano, en el prólogo a la antología de Cuentos de Mujeres Solas, que hay un mal entendido en lo que a la percepción de la soledad se refiere. Ella hace una crítica a algunos de los autores hombres de los cuentos de la antología, quienes asumen que la soledad de una mujer se define por la ausencia de un hombre en su vida, siendo que muchas mujeres que se sienten solas están casadas, y algunas incluso con hombres que las adoran.
En lo personal creo que este no es un asunto que concierna sólo a las mujeres. La soledad es una condición humana: "la vida es individual" decía la abuela de una amiga. Y es muy cierto. Pero quién de nosotros no la siente colectiva. ¿Recuerdas la sensación tan desgarradora de cuando te han dejado de amar? "Lo perdí..." solemos decir, como si alguna vez alguien pudiera pertenecernos. Que espejismo más cruel... La realidad es que estamos irremediablemente solos, especialmente si no nos tenemos a nosotros mismos.

Estoy sola de mí, no de ti.
Porque me he abandonado por perseguir tu amor;
porque he dejado de amarme para recuperarte;
porque mi compañía no me es suficiente;
porque mi capacidad de sentir el calor del sol,
se atrofió buscando el calor de tu piel;
porque el cielo claro no está ahí 
donde las lágrimas me nublan la mirada.

Se me perdió la sonrisa cuando te fuiste;
me quedé sola de mí, y necesito encontrarme.

Estoy sola de mí,
no sólo de tí.

¡Qué real se siente esto que es sólo un espejismo! Y eso que se trata sólo de desamor... sólo. Hoy me encontré con una historia verdaderamente triste... una que me hizo ver con crudeza la irremediable soledad humana:

"Dormido llena sus días y noches donde no hay nada excepto él mismo y su lucidez en fuga." (1)

¿No te cala el alma?, ¡Qué doloroso!, ¿no? La cita es del periodista Daniel de la Fuente, en un reportaje que hace sobre César Roberto Fierro Reyna, un mexicano a punto de ser ejecutado en Estados Unidos pese a que todo parece indicar que es inocente. El tema de la pena capital es muy polémico y no lo voy a analizar en esta entrada. Baste decir que oponerme a ella ha sido una de mis causas, por la mera posibilidad de un error que mate aunque sea a un inocente. Sin embargo, tenía mucho tiempo que no pensaba en esto. Y hoy, se me clavó en el alma cuando leí la historia de César Fierro.

Tiene 28 años encerrado sin que se le demuestre su culpabilidad. Le han aplazado la fecha de ejecución 17 veces, y al parecer ya se le terminaron las oportunidades de apelación. Esta vez la ejecución es inminente, y me siento tentada a decir que tal vez sea lo mejor después de todo... El hombre perdió ya la esperanza, la fe, la confianza en los demás, la memoria sobre cómo es vivir aquí afuera, y la cordura se le escapa de la mente varias veces en el día... La incertidumbre en la que ha vivido es inhumana. Me duele pensar en todo lo que ha pasado en mi vida los últimos veintiocho años, mientras para él estas décadas han sido como vivir en el limbo, en la nada, sin sentido. ¿Qué es la vida para él y muchos otros -especialmente los que están injustamente encarcelados, o los que están secuestrados, o los que viven prisioneros de su cuerpo por algún padecimiento que los mantiene en agonía durante años? 

¿Cómo es posible que nadie podamos hacer nada para aliviar esas existencias? Veía la foto de César Fierro en el periódico, y pensaba: ¿cuántas personas estaremos leyendo este artículo, conmovidas, acongojadas por el sufrimiento de este hombre? Y sin embargo, no podemos hacer nada para aliviar su soledad, su dolor. Lloré, y sé que de todas formas me olvidaré de él en unos días, cuando vuelva a comerme lo cotidiano, lo urgente...

Me recordó a la sensación que tuve cuando murió mi mamá... Una vez que pasó el shock, cuando el velorio terminó, cuando todos se fueron, el mundo siguió girando, la vida siguió su curso, pero yo me sentía como en pausa. Me costaba trabajo creer que el mundo seguía funcionando como si no hubiera pasado nada, como si ella no hiciera falta para ello... Y así es. Todo pasa, el tiempo sigue corriendo, sin detenerse a esperar a que nos caigan los veintes. Sentir con tanta intensidad algo y que los demás no lo sientan, te recuerda -de nuevo- que estás solo.

Y aquí está la paradoja: también eso es una ilusión. Porque al final, somos parte de un todo, totalmente interdependientes, y hasta que lo comprehendamos, no dejaremos de sentir ese vacío, esa opresión en el pecho, esa soledad. Si somos Uno, entonces no estamos solos. O, si lo estamos, somos nuestra propia compañía.

¿Qué me fumé?


(1) De la Fuente, Daniel. Condenados al patíbulo: una vida esperando el fin. Periódico Reforma, Sección Nacional, D.F.: 7 de mayo 2008, p. 19

Fotografía de Gabriela Bobadilla.

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